Hellblade: Senua’s Sacrifice es un título que trata sobre un tópico particularmente nebuloso, la enfermedad mental, pero, a pesar de su opacidad, resulta claro su valor: es una obra grandiosa. La propuesta narrativa es intrincada pero nunca carece de sustancia. Su gameplay traduce de forma honesta la realidad a las mecánicas, que son tan simples como efectivas, y cuya repetitividad no comprende un “pecado” sino una representación más. La vida de una persona con una enfermedad mental grave puede ser tan caótica como cíclica.

Su apuesta audiovisual es un deleite a los sentidos, hecho con una auténtica preocupación por la impronta y fidelidad del título. No obstante, lo que más destaca, aquello que resulta inexorable si se habla de las virtudes de semejante obra, es su protagonista. Senua es una entidad rebosante de “vida”, provista de voluntad(es) y sentimientos sumamente extrapolables hasta para el más cuerdo de nosotrxs.

Senua para conmigo

Mi relación con Senua, lo admito, estaba algo predeterminada a ser lo que terminó siendo, al ser yo un estudiante de psicología. Pero bien podría haber estudiado alguna otra cosa y doy por sentado que mi compasión por ella habría sido de la misma envergadura: abismal.

Desde que escuché del título lo quise, y tras ver un gameplay me asombró su apartado visual, como a todos. Y si bien tenía una noción general del concepto del argumento, no del argumento en sí, procuraba no saber más de la cuenta. Quería vivirlo yo mismo. Tardé mucho en jugarlo y, cuando lo hice, cuando me senté, tomé el mando y me puse los auriculares, supe de inmediato que esto sería épico, que mi entusiasmo estaba bien depositado.

Declaración de intenciones

No entraré a analizar Hellblade: Senua’s Sacrifice puesto que mi interés no es ese, muchísimo se ha hablado de ello y creo que basta y sobra. Aunque es una de esas obras de las que nunca se debe dejar de hablar, creo yo que su valor es inestimable para la industria y su futuro. Está bien, quizás exagero, pero no deja de ser verdad. Sin embargo, lo que quiero hablar trata sobre una noticia que no ha dejado en paz mi mente.

Debo retomar y recalcar algo para que se entienda: la relación que formé con Senua es inédita en mi vida. Jamás había logrado un vínculo tan sólido y significativo. Reconozco que soy muy sensible; para ilustrar puedo compartir que cuando jugué Horizon Zero Dawn y “hackeé” mi primer Strider (un caballo robot) conduje con él a lo largo del primer cuarto de juego, complicándome la vida a niveles absurdos para mantener con vida a Ex (como lo llamé). Cuando Ex se dañó – en un giro desafortunado que nos puso delante de una manada que se transformó en una estampida – entré en un breve pánico. Hasta pensé en escribir un mail a Guerrilla Games para pedirles que, por favor, Aloy pudiera reparar a los robots. Cuando ocurrió lo inevitable, no maté ni hackeé a ningún otro Strider en todo el juego. Así de estúpidamente sensible soy.

Habiendo aclarado eso, se puede entender que soy una persona a la que le es fácil conectar con personajes bien construidos. Pero si bien me entristecí mucho por algunos – no sé, Vivi de Final Fantasy IX, por ejemplo -, jamás lloré. Si bien me alegré por otros – Geralt cuando descubrió sus verdaderos sentimientos por Yen, por dar otro ejemplo – jamás me sentí feliz por un fugaz y valioso instante. Senua evocó todo esto y más en mí, por razones que no quiero entrar a detallar porque, de nuevo, esto no es un análisis ensayístico, y porque no quiero incluir spoilers de ningún tipo. Aunque creo que ya la he cagado un poco con eso.

Un compromiso

El punto es que, para la batalla final, mi compromiso con Senua era de tal fuerza que lo di todo de mí. Me dispuse de forma absoluta a dar lo mejor de mí como jugador y lo hice porque era lo que ella necesitaba de mí en ese momento, en ese crucial encuentro, el cierre de su desventura. Nunca sudé jugando un videojuego hasta entonces, y nunca lloré al final de uno como sí lo hice al final de Hellblade: Senua’s Sacrifice.

Hace un par de días se anunció que esta increíble obra interactiva tendría su adaptación al formato de VR. Reconozco mi inexperiencia con estas modalidades, no he tenido la fortuna de calzarme unos lentes y probar qué tal. La verdad es que sí, pero en medio de una multi-tienda con reggaetón sonando. No me parecía un lugar idóneo como para darle un vistazo a esta ya-no-tan-nueva forma de jugar. Además, no reconocí el título, creo que era alguna cosa para móviles y tengo mis infundados prejuicios ante estos.

No voy a negar un curioso interés por la realidad virtual. Pero sí acoto que, este mismo interés, se haya incrustado a una profunda y recelosa sospecha. Y cuando vi que Hellblade: Senua’s Sacrifice iba a salir en VR, mi primera reacción fue “wow, eso va a ser algo intenso”. Recordé las voces, los pensamientos intrusivos, los falsos consejos, cuestionamientos, desalientos. Todo acompañado de los cuerpos, los traumas, la brutalidad, el mismísimo infierno. Se me hizo una experiencia digna de vivirse, lo cual suena bastante enfermo luego de haber mencionado todo lo anterior. Sin embargo, todo se complicó al minuto siguiente, exactamente a los sesenta segundos después, en los que pienso “esto puede salir muy mal”.

Senua como una entidad

La gente de Ninja Theory trabajó con mucho amor su obra y se nota desde lejos. No obstante, adaptarla a VR es una decisión algo incoherente. Senua (muy bien interpretada por Melina Juergens) es una entidad por sí sola, provista de una bella y auténtica identidad. Con un objetivo muy personal. Con miedos que forman parte de una personalidad claramente delineada por la obra. Ello no me calza con la oportunidad de ponerme en sus zapatos. Entiendo el atractivo de personificar a un jedi, a un cazatesoros, etc., aun cuando ellos también pueden tener backgrounds y médulas narrativas más o menos intensas.

Pero Senua es diferente, ella es una víctima. Nosotrxs somos una voz más en su cabeza, pero una que la protege. No quiero interpretar a una guerrera celta con esquizofrenia para pelear contra entidades aterradoras en las tierras de lo que ella imagina como el infierno. Quiero ayudar a Senua a sobreponerse a su enfermedad, a encontrar la verdad y dar muerte a todas estas pesadillas, quiero terminar con su sufrimiento.

Sinceramente espero que esto no tenga el resultado que creo que tendrá. Es posible, pero poco probable. Porque es como si me ofrecieran la posibilidad de jugar como Wander, de Shadow of the Colossus, en VR. Sonaría increíble al principio, pero, inmediatamente después, me perturbaría la idea de dar muerte a todas estas semi-deidades que deambulan o yacen en paz en sus propias tierras. Y hacerlo en realidad virtual, viendo ante mis ojos cómo se desangran y gruñen ante mis estoques. Sin embargo, creo que es posible. Todo depende de cómo se haga y cuánto se respete la obra al hacerlo.

Lo delicado es que, no sólo está en juego la percepción de quienes juguemos al título, sino, también, la percepción de aquellas personas enfermas que contribuyeron a dar vida a Senua. Esto puede parecer otra sensiblería mía, y puede que lo sea en algún punto, pero no quita el hecho de que estas personas dieron una cuota no menor de sí mismos para – juntos – crear a Senua, darle vida. Estas personas crearon algo hermoso de algo terrible para compartirlo con nosotrxs. Volver a Senua un producto a encarnar, y no dejarla como lo que es, un personaje irremplazable, es desvirtuar el sentido de la obra misma.

El meta-contexto

Todo el dinero usado en adaptar la obra podría usarse para su distribución en formato físico. Evidentemente, Ninja Theory tendrá sus objetivos e intenciones, pero las grandes obras dejan de pertenecer a sus creadores, se vuelven parte de la historia de sus respectivas formas de arte. En este sentido, los videojuegos u obras interactivas han visto cómo su historia se escribe en páginas cada vez más trasparentes, puesto que las grandes obras del pasado no se encuentran al alcance de todxs.

La forma en la que la industria funciona, y cómo los hábitos de consumo la hacen funcionar, ha provocado que no haya forma de mantener copias de todos los juegos importantes ni de todas las consolas. Claramente, siempre puedes encontrar por ahí lo que buscas, a precios medio extraños e inflados, pero puedes. Sin embargo, necesitarás muchas plataformas distintas, ya que la guerra de consolas ha provocado que necesites invertir mucho dinero, para así tener todo el hardware necesario para reproducir las pocas copias que existen de cada título importante del pasado. De ahí la importancia del abandonware y otras vertientes que salvaguardan la historia de este medio.

Hellblade: Senua’s Sacrifice carece de copias físicas, solo puede ser adquirido digitalmente. Donde las arcas de tecnologías obsoletas son ensanchadas con gran prisa, es un auténtico peligro para obras como esta, que guardan un inmenso valor intrínseco no solo para esta industria sino, incluso, para la cultura misma. No tener una copia física de algo importante significa que es vulnerable, independiente de qué tan garantizado esté su acceso virtual.

Emociones de realidad virtual

Esta es una gran obra interactiva. Con una protagonista que, para mí, ha pasado a la historia del medio como uno de sus mayores exponentes en la creación de personajes. Y ello no termina de calzarme con la idea del formato VR, donde espero encarnar alguien más genérico o con más espacio a la proyección. Senua no es ninguna de las dos, porque yo no me proyecto en ella, yo la entiendo y ello me enternece, me preocupa, me moviliza a velar por su bien. Logra que yo sea el que quiere romper la cuarta pared. Quizá algún grado de proyección se encuentra en esto, pero no es “yo poniendo parte de mí en ella”, sino “yo queriendo lo mejor para ella”.

Todo este abanico de emociones no creo que pueda ser traducido a una experiencia como la realidad virtual. Sinceramente, espero equivocarme, o pecar de purista, porque no importa cuánto escriba de esto, pues es una realidad inevitable su realización. Solo espero y anhelo una cosa, que quienes prueben dicha experiencia hayan jugado y completado el juego original antes, así algo de justicia tendrá la pobre de Senua al menos.

Hellblade: Senua’s Sacrifice – Más allá de la muerte, más allá de la realidad

Artículo por: Andrés Suárez
Crear es lo único que me gusta tanto como los videojuegos, y si me gusta crear es gracias a los videojuegos (y los legos)

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